Cindy Sherman

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En abril 20, 2015, Publicado por , En arte y ed sex, Con Sin Comentarios

fondo

Inicios

La vida de Sherman comenzó en Glen Ridge, un suburbio de la ciudad de Nueva York. Su familia se mudó poco después de nacer, Sherman creció como la más joven de cinco hermanos en la ciudad de Huntington, Long Island. A diferencia de otros artistas, Sherman no estaba particularmente involucrada en las artes cuando era joven, su padre se ganaba la vida como ingeniero y su madre trabajaba como maestra de lectura. Sherman dice que no sabia lo que era el mundo del arte hasta que fue a la universidad. A pesar de que sus padres carecen de interés artístico, apoyaron su decisión de entrar en la escuela de arte después de terminar la escuela secundaria.

Cindy Sherman se empezó a interesar por las Artes Visuales en la Universidad de Buffalo. La carrera de Sherman en Buffalo comenzó muy diferente de como acabó. En su primer año, Sherman empezó a trabajar la pintura hasta que un día, se dio cuenta de que no era suficiente. Frustrada por las limitaciones de la pintura y la sensación de que había hecho todo lo que pudo, se dio por vencida. Sherman dijo que sentía que “… no había nada más que decir [a través de la pintura ] Estaba meticulosamente copiando otro arte y entonces me di cuenta de que sólo podía usar la cámara y desarrollar mis ideas con ella”, y esto es lo que hizo. Sherman reconoce que nunca podría haber tenido éxito como pintora. Al carecer de la conexión crítica que necesitan para continuar con la pintura, Sherman volvió a la fotografía, que fue lo que estudió durante el resto de su tiempo en Buffalo. Durante este tiempo, conoció a Robert Longo un artista que será muy importante en su vida. Junto con Longo y su compañero de estudios Charles Clough, Sherman formó Hallwalls, un espacio de artistas independientes donde ella y otros artistas exponían. Después de su graduación, en 1976, decidió mudarse a Nueva York para embarcarse de lleno en su carrera artística, en un loft en Fulton Street en el bajo Manhattan. Fue entonces cuando comenzó a tomar fotografías de sí misma. Estas fotografías, autorretratos conceptuales, vendrían a ser conocidas como Complete Untitled Film Stills (1977-1980),1 en los que escenifica situaciones con vestuario y utilería para dar a las fotografías la apariencia de un fotograma cinematográfico, usando estética y planos propios del Cine negro. En otra conocida serie “Retratos históricos”, Sherman personifica protagonistas masculinos de pinturas clásicas de la historia del arte de Occidente, tales como “Baco enfermo” de Caravaggio,2 entre otros. Si bien Sherman aparece en las fotografías, ella no las considera propiamente autorretratos: los Untitled Film Stills, tal vez uno de sus trabajos más conocidos de la carrera de Sherman hasta el momento. En estas fotografías, que empezaron en 1977, Sherman se pone a sí misma en el papel de actriz de películas clase B. Sus fotografías muestran personajes construidos con con pelucas, sombreros, vestidos, ropa a diferencia de la suya. Estas fotografias pueden confundirse con retratos pero son algo muy diferente. En cada una de estas fotografías, Sherman juega un roll, no una persona real, sino un ficticion auto – fabricada. Ella es el ama de casa arquetípica, la prostituta, la mujer en peligro, la mujer entre lágrimas, la bailarina, la actriz y el maleable, camaleónica Sherman juega todos estos personajes.

Obra

La época en la que Sherman se dio a conocer como fotógrafa había muchas mujeres artistas cuyo trabajo respondía a la mirada lasciva de un público masculino. La artista neoyorquina de performance Hannah Wilke era un peso pesado durante este periodo, a menudo posaba desnuda y disfrutaba abiertamente de su atractivo erótico. Resultaba en parte un personaje voluntarioso y en parte una verdad física. Al contrario que el exhibicionismo de Wilke, que empleaba el desnudo como una liberación, Sherman ha sido siempre una artista del ocultamiento, disfrazándose desde mediados de los setenta para emular fantasías pop. El desnudo no formaba parte de su trabajo a pesar de que en los años ochenta,  tras los éxitos de sus fotogramas, adoptó en su fotografías pechos sintéticos y vulvas artificiales que añadían un divertimento vicioso a la fantasía masculina.

Durante los años setenta, Sherman jugó un papel preponderante en la reestructuración feminista del cuerpo, movimiento originado y mantenido por las mujeres. Esta generación creía que “lo personal es político” y los artistas de performance, en su mayoría mujeres, se apropiaron de este axioma y lo transformaron, a la vista de sus logros, en algo asombrosamente real  basado en la disforia existente entre los sexos. La propia Sherman, especialmente en sus comienzos, creó infinidad de personajes con los que quedar apabullado por la cantidad de rostros y cuerpos que era capaz de construir usando su propio cuerpo.   Su importancia como artista reside en este apabullamiento. En su deliberado intento de revelar la naturaleza interpretativa de la psique femenina, Sherman adquiere múltiples y variados rostros. Los seres que emergen de sus brillantes transformaciones pertenecen al glamour de la industria cinematográfica de los años 30 y 40, cuando la belleza femenina era la clave para vender entradas.

Para algunos resultaría fácil calificar las fotografías de Sherman como arbitrarias; su efecto teatral respondería a su naturaleza esencialmente artificial. Vistas de este modo, las imágenes pierden su extravagante intensidad y se convierten en crítica a la femineidad tal como Hollywood la representa. Aunque el artificio es una estratagema importante en los trucajes de Sherman, también intenta expresar la verdad de la pose. Esto crea una dialéctica, presente de una manera más poderosa en sus primeros trabajos. Como veremos, en su última obra la artista sucumbe al rencor y a una visión negativa de la mujer. Sherman conjuga la verdad y el artificio al mismo tiempo. Hace hincapié en el momento que surge cuando una mujer ya no sabe si está interpretando un papel o revelando su propio ser.

La colección de fotogramas de Sherman implica, de un modo bastante obvio, una redirección imaginaria de la mujer en una sociedad gobernada por hombres. Sorprendentemente y de un modo muy efectivo, mantiene el decoro en los fotogramas de pequeñas dimensiones por los que es más conocida. Pero la modestia tiene un precio. La artista interpreta a su género de modo que llama la atención sobre el papel subordinado de la mujer. A partir de los años ochenta Sherman evoluciona como “fotografista”. La conciencia de la subordinación se convierte en impulso para una serie de fotografías cuyo contenido destila una rabia abrumadora, como si la imagen encantadora que adoptó en sus primeros trabajos quisiera vengarse de la acusación de que las mujeres interpretan su femineidad para agradar a los hombres

Dada la enorme diferencia entre su primer trabajo y sus últimos esfuerzos, resulta necesario separar ambas etapas como mejor podamos. A pesar de la astucia evidente con la que Sherman interpreta el papel protagonista en sus primeras colecciones de fotogramas, éstos contienen la inocencia de la juventud; es joven y atractiva, así que las fotografías que toma de sí misma agradan desde el punto de vista erótico y al mismo tiempo, de manera implícita, resultan edificantes. En las propias imágenes de pequeñas dimensiones en blanco y negro al comienzo de la exhibición del Museo de Arte moderno se aprecia el alcance del mencionado equilibrio.

En general las fotografías funcionan como alternativas a lo ordinario, ese ser pedestre en el que la mayoría nos apoyamos para pasar los días. Hay una fotografía extraordinariamente sexi, Fotograma sin título#13 (1978) que muestra a una rubia y voluptuosa Sherman cogiendo un libro de arte del estante de una biblioteca. A pesar de que sostiene el libro, su mirada no está en el estante sino que se dirige hacia algo que no podemos ver. Su cabello aparece derramado sobre su frente, mientras una cinta de pelo trata de mantenerlo en orden. Aunque no es una fotografía para Playboy, sí posee una atracción genuina al mostrar el contorno (vestido) del cuerpo de Sherman. La falta de espontaneidad, la certeza de que se ha posado para la foto, introduce la noción de artificio, que extrañamente contiene al mismo tiempo cierto sentimiento de autenticidad.

Una de las diferencias más importantes entre Nan Goldin, la otra fotógrafa americana, y Sherman radica en que la llamada autenticidad de Goldin es consecuencia de una realidad producida por su propio interés en el sexo, mientras que Sherman es una artista cuyas recreaciones dan como resultado algo mucho más creíble. El aura de fantasía de Sherman nos lleva de alguna manera a aceptar su contrario, es decir, aceptar que lo que vemos es real. Esto puede ocurrir porque estamos tan acostumbrados a ver fotogramas que los consideramos como algo más real que la propia realidad que nos circunda.  La transformación resulta básica en la personalidad artística de Sherman. Transforma su ropaje psicológico desde una ingenuidad supuestamente inocente hasta las imágenes que muestran, en un proceso de enojo ascendente, a una mujer cuyas interpretaciones alcanzan una ferocidad prácticamente mitológica.

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