CUADERNO Nº 5 –INADI

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En septiembre 9, 2014, Publicado por , En Artículos - CCP, Con Sin Comentarios

En mal de cultura

por Cornelius Castoriadis

Nada más urgente para quienes para quienes piensan vivir en una sociedad democrática, que preguntarse acerca del lugar de la cultura en su sociedad, mucho más si tomamos nota que asistimos, aparentemente, a una difusión sin precedente de eso que llamamos cultura, al mismo tiempo que se desarrolla una crítica sobre aquello que es difundido con ese nombre y sobre los canales mismos de difusión.

Hay un modo de responder a la pregunta, que en verdad es una manera de esquivarla. Consiste, desde hace dos siglos, en afirmar que la especificidad del lugar de la cultura en una sociedad democrática –por oposición en lo que ocurre en las sociedades no democráticas- consiste únicamente en eso, que aquí la cultura es “para todos”, y entonces puede ser tomada bajo su aspecto cuantitativo: la cultura existente debe ser puesta a disposición de “todos”, no solamente “jurídicamente” (lo que no era el caso en el Egipto faraónico), sino también en el sentido sociológico, en el sentido de su accesibilidad efectiva (para lo que supuestamente sirve hoy la educación universal, gratuita y obligatoria, como también los museos, conciertos, etc).

Pero también se puede tomar ese “para todos” sociológico en otro sentido, más fuerte aún: considerar que la cultura existente es un producto de clase, hecha por y para los sectores dominantes de la sociedad, y exigir una “cultura para las masas”. Así ocurrió, lo sabemos, en la teoría y en la práctica del Prolekult de Rusia, durante los primeros años de la revolución de 1917, y en la mistificación y el horror de las practicas stalinistas posteriores.

No discutiré aquí esa concepción, sino que pienso, insisto, en las condiciones democráticas de la cultura. De hecho, el término cultura como la palabra democracia, remiten a una serie de cuestiones interminables. Nos contentaremos con formular solo algunas de esas preguntas. Llamemos cultura a todo lo que en el dominio público de una sociedad, va más allá de lo simplemente funcional o instrumental, y que presenta una dimensión invisible, o mejor, intangible, positivamente investida por los individuos de esa sociedad. Dicho de otro modo, eso que en una sociedad, se mantiene como imaginario stricto sensu, el imaginario poïetico, tal como se encarna en las obras y las conductas que van más allá de lo funcional. No hace falta aclarar que la distinción entre funcional y poïetico no es material. El término democracia se presta a infinitamente más discusiones, por su propia naturaleza y porque ha sido, desde siempre, un cruce de debates y de luchas políticas. En nuestro siglo, todo el mundo, incluidas la tiranías más sangrientas –con la excepción de nazis y fascistas- se declaman como democráticos. Podríamos intentar salir de esa cacofonía recurriendo a la etimología: democracia, el kratos del demos, el poder del pueblo. Cierto, la filología no puede saldar los conflictos políticos, pero al menos debe incitarnos a preguntarnos: ¿dónde, en qué país se ve cumplida la idea del poder del pueblo?

Ese poder, lo vemos sin embargo afirmado, bajo el nombre de soberanía del pueblo, en las constituciones de todos los países llamados “democráticos”. Dejando de lado, por un momento, la eventual duplicación de esta afirmación, apoyémonos en la letra para extraer una afirmación que pocos se animarían a refutar: en una democracia, el pueblo es soberano, a saber, hace las leyes y la ley, a saber otra vez, la sociedad hace sus instituciones y su institución; ella es autónoma, ella se auto-instituye. Pero como toda sociedad se auto-instituye, deberemos agregar: se auto-instituye, al menos en parte, explícitamente y reflexivamente. Volveré sobre este último término. En todo caso, reconoce en sus reglas, sus normas, sus valores, sus significaciones, sus valores, sus propias creaciones, deliberadas o no.

Esta autonomía, esta libertad, implica y a la vez supone a la autonomía, la libertad de los individuos. Pero esta, apoyada en la ley, la constitución, las declaración de derechos del hombre y del ciudadano, reposa en última instancia, de jure y de facto, en la ley colectiva, formal e informal. La libertad individual efectiva debe ser decidida por una ley –incluso si se llama de “derechos del hombre”- que ningún individuo podría proponer o sancionar. En el marco de esa ley, el individuo puede, a su turno, definir por él mismo las normas, los valores, el significado por los que intentará modelar su propia vida y darle un sentido. Esta autonomía o auto-institución explícita, que aparece por primera vez en las cités democráticas griegas, y reaparece, mucho más ampliamente, en el mundo occidental moderno, marca la ruptura que implica la creación de la democracia, con respecto a los regimenes anteriores.

Si las obras y sus creadores están, por decirlo de algún modo, al servicio de las significaciones instituidas, los públicos de esas sociedades reencuentra la confirmación y la ilustración de los valores colectivos y tradicionales. Y eso entra en consonancia con los el modo específico de la temporalidad cultural en las sociedades, a saber, la extrema lentitud y el carácter retraído, subterráneo de la alteración de estilos y contenidos, paralelo y casi sincrónico, a los de la propia lengua.

La creación de la democracia, aún como un simple germen frágil, altera radicalmente la situación anterior. Igual que, como ha sido muchas veces dicho, el ser es Caos, Abismo, sin fondo, pero también creación no predeterminada que supone que además de un caso hay un cosmos, un mundo al que pertenece el ser. El “sentido” del que lo humano quiere, debe, siempre investir al mundo, su sociedad, su persona y su propia vida no es más que esa formación, esa Bildung, esta puesta en orden, ensayo perpetuamente en peligro de tomar al todo como un orden, una organización. Cuando el hombre se organiza poieticamente, da una forma al caos, y este dar forma al caos –que es la mejor forma de definir a la cultura- se manifiesta de manera evidente en el caso del arte. Esta forma es la significación o el sentido.

Ahora bien, la creación democrática suspende toda fuente transcendente de significación, en todo caso en el dominio público, pero genera también, como consecuencia, la aparición del individuo “privado”. La creación democrática implica una interrogación en todos los temas: qué es lo bello, lo falso, el bien y el mal, lo feo. Allí reside su reflexibidad. Rompe la clausura de la significación y restaura la de la sociedad viva, su vis formandi y su libido formando.

Y sin embargo, estamos perturbados por la imposibilidad de imaginar concretamente el contenido de una creación así (en eso reside lo propio de la creación). La filosofía nos muestra que sería absurdo creer que hemos agotado lo pensable, lo formable, igual que sería absurdo proponer límites a la potencia de la formación histórica. Pero eso no quita que podemos observar las veces que la humanidad pasó por momentos de letargos. Quizás este sea uno. Pero ese tiene que ver con quienes están directamente ligados a la cultura: en cierta medida, depende de ellos, de su responsabilidad, de si su trabajo se mantiene fiel a la libertad, podrán contribuir a que esta fase de letargo sea lo más corta posible.

Traducción: Amalia Tujcher.

Cornelius Castoriadis

Cornelius Castoriadis nació en Estambul en 1911 y murió en París en 1977. Publicó más de treinta libros. Es considerado uno de los filósofos más importantes de la segunda mitad del Siglo XX.

Los caminos de la discriminación en internet

por Paula Carri

Los avances tecnológicos alcanzados durante la última década permiten el aumento exponencial de voces y opiniones y, también, la relativa democratización de las mismas, habilitando la difusión de un mensaje o contenido en tiempo real. Los mensajes pueden ser particulares o colectivos, privados o públicos. Esta nueva manera de comunicar rompe barreras que resultaba impensable atravesar hace tan sólo dos décadas, cuando no existía internet.

La comunicación virtual amplifica los efectos de los sucesos acaecidos en su propio ámbito pero también la de los que tienen lugar en la “vida real”. El carácter instantáneo, la posibilidad de viralización –multiplicación a alta velocidad– de contenidos y la potencialidad como difusores contribuyen a este fenómeno. Pero algunas cosas no han cambiado tanto en esta nueva relación entre las sociedades. Y es porque quienes están detrás de esos mensajes son las personas. Entonces, todos los perfiles o identidades de cada individuo se manifiestan por igual, porque la persona es una sola, no se divide en online y offline.

Como en la vida misma, las agresiones y acciones discriminatorias también ocurren en el ámbito de internet. Sin embargo, sus efectos se transmiten en al web a una velocidad mucho mayor porque responden a una de las características esenciales de la red: la rápida propagación de sus contenidos.

¿Cómo se manifiestan esos contenidos discriminatorios en internet? A través de correos electrónicos, páginas y/o grupos en redes sociales, blogs creados a tal efecto, comentarios en los sitios mencionados anteriormente, sumando los sitios de noticias online; en conversaciones de chat grupales e individuales, en fotos manipuladas o con textos específicos que nada tienen que ver con el material. Las opciones lamentablemente son muchas y se multiplican a medida que usuarios y usuarias adquieren habilidades en el uso de las herramientas digitales.

¿Qué hacer en estos casos? Lo primero, la pro acción. Lo que implica que antes de ingresar a una red es necesario leer los términos y condiciones de uso de la misma. Este paso es frecuentemente omitido porque la mayoría de las personas, en su entusiasmo por formar parte de las comunidades virtuales, omite ponerse en conocimiento de las regulaciones y las acepta sin leerlas.

Entre las cuestiones que deben tenerse en cuenta está el hecho de que la red haga explícita la prohibición de, por ejemplo, publicar contenidos discriminatorios y realizar acciones de acoso o burla en sus espacios. También es necesario saber si las imágenes incluidas en dicha red serán de propiedad del usuario o usuaria que las incluyó o si la empresa que las aloja tendrá algún derecho sobre ellas. La misma atención debe prestarse a la posibilidad de compartir contenidos. Otro de los temas relevantes será conocer las condiciones de privacidad y las herramientas que la red ofrece para administrarlas.

Respecto de las condiciones de privacidad, en ciertos segmentos, por ejemplo entre los adolescentes, la privacidad no es una preocupación. Muchos jóvenes sostienen que, dado que están en internet, un contenido o una imagen son, por definición, públicos y, por lo tanto, la batalla por la privacidad está perdida. Además, a esta postura hay que agregar que en dicha franja etaria hay una tendencia a la sobreexposición y, consecuentemente, sus integrantes no toman cuidados específicos para proteger la información que agregan en las redes sociales y otras plataformas de publicación de contenidos por parte de usuarios y usuarias.

Por cierto, la Plataforma por una Internet Libre de Discriminación ha recibido un número considerable de casos de personas que ingresaron a redes y foros, que mantuvieron abiertamente discusiones con personajes que los acosaron, discriminaron o burlaron, exponiéndose a un sinfín de situaciones desagradables. Al tomar intervención la Plataforma, quedó en evidencia que dichas redes y foros no se hacían cargo de la situación simplemente porque sus condiciones de uso no incluían ningún punto que resguardara a usuarios y usuarias en ese sentido. Y, en algunos casos, ni siquiera tenían un apartado en el que figurasen las condiciones y regulaciones de uso.

Un segundo capítulo de esta situación tiene lugar en el momento en el cual la persona acosada, discriminada u ofendida comienza a buscarse a sí mismo para verificar que su imagen no haya sido vulnerada o que los contenidos que representaban una ofensa no se presentaran en las búsquedas. Este mecanismo de búsqueda/verificación produce un efecto negativo porque, por repetición, pone en primer plano en los buscadores las discusiones y las ofensas, obliga a la rememoración permanente del mal momento y muestra ese aspecto de la persona como la más relevante representación de sí misma.

Por lo tanto, una buena estrategia para evitar la escalada es, en primer lugar, no responder a las ofensas y, en segundo, no realizar búsquedas compulsivas y repetidas de las situaciones ofensivas que sólo terminan poniéndolas en primer plano.

Lo más eficaz en estos casos es bloquear al usuario o usuaria agresivos; si se quiere iniciar alguna acción, tomar capturas de pantalla de los contenidos ofensivos, previendo que estos puedan ser eliminados por quien los emitió, y luego realizar los reportes utilizando las herramientas que a tal fin ofrecen las redes sociales y otras plataformas.

Por estos días, en diferentes países, las sociedades se conmueven por los efectos que el acoso reiterado y las manifestaciones discriminatorias tienen, sobre todo, en el segmento adolescente, donde la persecución ha ocasionado más de un suicidio. Este tipo de actitudes que encierran un sesgo violento se desarrollan, con frecuencia, en las redes sociales que, por su arquitectura, permiten el relativo ocultamiento de la identidad de quien agrede, favorecen la formación de grupos que se encolumnan de manera irreflexiva tras la agresión, y producen una rápida difusión de los contenidos discriminatorios o intimidatorios.

En 2003, en Vermont, Estados Unidos, el adolescente de 13 años Ryan Patrick Halligan se quitó la vida luego de padecer el acoso de sus compañeros durante largo tiempo. Su padre, ingeniero de IBM, propició la discusión de una Ley que impidiese ese tipo de hechos. En 2004, el estado de Vermont aprobó una política de prevención del acoso escolar y luego otra de prevención de suicidios.

Afortunadamente, la información acerca de las configuraciones que usuarios y usuarias pueden darle a sus perfiles de redes sociales es cada vez más abundante y, además, hoy en día hay muchas más herramientas destinadas a prevenir malas experiencias en el uso de internet.

A pesar de todo esto, es imprescindible que padres, madres o adultos responsables mantengan un rol activo y participativo respecto de las actividades de niños, niñas y adolescentes en el ámbito de internet. El diálogo es, indudablemente, la más importante de las prácticas. Los consejos e intervenciones no difieren demasiado de aquellos que se refieren a la vida offline: “no hables con extraños”, “si alguien te agrede o te acosa, contáselo a una persona de tu confianza”, “no brindes información sobre tus actividades, dirección, teléfono, etc.”. Otro recurso es observar con atención los cambios de conducta del niño, niña o adolescente. Algunos de los síntomas que pueden ser indicadores de que un menor está siendo acosado o discriminado son: conectarse obsesivamente para ver qué se dice de él o ella en las redes; agobio, tristeza y angustia, alteraciones del sueño, actitudes hurañas y esquivas, intentos de ocultar lo que se ve en la pantalla cuando se acerca un adulto.

Los hechos antes mencionados y la participación tan variopinta que existe en internet, que muchas veces mezcla “la biblia junto al calefón”, sobre todo en materia de contactos en redes, lleva a otra de las preguntas adecuadas en este análisis: ¿hay límites a lo que se “sube” a internet?

Desde el INADI creemos que sí. Estos límites están dados por casos de discriminación, racismo y xenofobia, y especialmente cuando se asocian con delitos relacionados a pornografía infantil, abuso de menores, cyberbulling o ciberacoso. En todas estas situaciones se producen violaciones de leyes nacionales y de tratados internacionales que protegen los derechos de niños, niñas y adolescentes; y la libertad de expresión y participación.

Afortunadamente las grandes compañías con plataformas con publicación de contenidos de usuarios (blogs, redes, sitios de fotografías, chats) se suman a esta postura. Atendiendo a esta tendencia generalizada en diversos ámbitos fue que el INADI resolvió la creación de la Plataforma por una Internet Libre de Discriminación.

La Plataforma tiene como objetivo preservar el ámbito de internet de cualquier tipo de violencia discriminatoria. Pero, a su vez, está concebida como un espacio de diálogo entre actores públicos y privados, que construyen día a día estos espacios sin discursos de odio, entendiendo por discurso de odio cualquier comunicación que agreda a una persona o grupo de personas por determinadas características o pertenencia a un grupo: religión, preferencias políticas, características físicas, orientación sexual, etc. Todas estas expresiones habitualmente se traducen en sitios que promueven el antisemitismo, el racismo o la condena de la homosexualidad.

Lo más oportuno para afrontar estas situaciones es abordar el fenómeno desde diferentes ángulos. La condena, tanto social como jurídica, no es suficiente en algunos casos, como tampoco lo es un acercamiento amistoso. Las campañas de prevención por sí mismas representan un aporte significativo. Pero es la acción integral y conjunta, enfocando la situación con diferentes herramientas, lo que puede definitivamente producir un cambio en las sociedades.

La línea en relación a la intervención en casos de discriminación en internet es muy delgada porque es necesario contemplar tanto los hechos discriminatorios como el respeto a la libertad de expresión. Generar respuestas satisfactorias para personas que se sienten profundamente dolidas, afectadas en sus sentimientos e incluso indignadas, es un desafío permanente.

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